Nada
como una época de bonanza económica para que los desposeídos salgamos a
protestar. En España, el 15-M de 2011 vio a los indignados (aquellos
mileuristas con trabajo) protestar porque con sus sueldos resultaba imposible
acceder a la propiedad de una casa. Hoy, las protestas mutan de escala: la
gente se echa a la calle porque, aun trabajando a jornada completa, ni siquiera
puede sufragar un alquiler.

Los indignados en la puerta del Sol en 2011, pidiendo poder comprar una vivienda.
Un
detalle indispensable antes de continuar con la tesis principal: los desahucios
van a existir siempre. Históricamente se han debido —y se seguirán debiendo— al
impago reiterado del alquiler al arrendador o de la cuota hipotecaria a la
entidad bancaria. Es el drama clásico de la vulnerabilidad. Sin embargo, lo que
define nuestro presente no es esa patología habitual, sino la profusión de
desahucios e inminentes lanzamientos de inquilinos que se hallan rigurosamente
al corriente en sus pagos.

Acampada en Puerta del Sol 2026, pidiendo poder alquilar una vivienda.
Pese
a cobrar la renta de forma puntual y fiel, el propietario promueve judicialmente
la no renovación al vencimiento, exacerba el uso espurio de los alquileres de
temporada y por habitaciones para eludir los plazos de la Ley de Arrendamientos
Urbanos (LAU), o bien recurre al acoso inmobiliario y a la coacción ejercida
por empresas de la conocida órbita "desokupa". El objetivo es
cristalino: vaciar el inmueble para reincorporarlo al mercado con una renta
duplicada o venderlo con un margen exponencial. “Viviendas recuperadas” es el
eufemismo técnico con el que el argot del sector disfraza esta modalidad de
usura patrimonial.
Pero
las “viviendas recuperadas” tampoco son un hallazgo contemporáneo. Donald
Trump cimentó sus primeros galones empresariales en el Nueva York de los
años 70 y 80 dedicándose precisamente a esto. Administraba los inmuebles del
patrimonio de su padre y, ante la mínima fisura o con el fin de despejar fincas
para su posterior revalorización, los “desocupaba” por la vía más directa y
"eficiente" posible. La película de 2024 El aprendiz (The
Apprentice, de Ali Abbasi) retrata con crudeza esa gimnasia del desahucio
preventivo.

El aprendiz película 2024 donde se narra las peripecias de Donald Trump
Retomando
el hilo central, estos episodios de agitación social suelen extinguirse cuando
la coyuntura económica se adentra en la recesión o desemboca en una franca
depresión. En ese escenario, se volatilizan las condiciones de empleo, salario
y estabilidad necesarias para que un asalariado intente comprar una vivienda o
tan siquiera emanciparse. Conviene no llamarse a engaño: por muchos títulos
universitarios, másteres, idiomas y experiencia acreditada que acumule hoy un
trabajador, no deja de ser un proletario al que se le ha privado del porvenir;
la clase media no está en el horizonte, ni se la espera.

Miserables siendo desahuciados en Madrid en el XIX
Esa es, precisamente, la razón fundamental para que la política económica dominante opte por la estrategia del inmovilismo: no hacer nada, salvo hilvanar promesas cosméticas sobre la futura construcción de X viviendas, donde X tiende asintóticamente a infinito. En este ambiente de precampaña electoral resulta evidente qué formaciones han elegido esa senda. ¿Para qué incurrir en costes políticos o enfrentarse al lobby rentista si, a lo sumo en dos años, el ciclo económico entrará en desaceleración, la crisis enfriará la demanda y el "problema" se habrá disuelto? M. Rajoy —ese insigne teórico de la parálisis a quien la Sala Segunda del Tribunal Supremo todavía no ha logrado filiar— convirtió esta inacción en bellas artes: sentarse a esperar que el mal tiempo escampe a costa de los de siempre y ganando ellos.
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| No hacer para seguir lucrándose con los excesos en el mercado de la vivienda. |
by PacoMan

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